comunicado nº59
Ha puesto en circulación varias recetas para llegar con semejante vitalidad al final de la centuria: el consumo periódico y sustancioso de ácido ascórbico (en polvo y a cucharadas); la lactancia materna prolongada (si mal no recuerdo, lo escuché decir que la suya había durado hasta los siete años); dormir en abundancia (él se acuesta a las diez de la noche, se levanta a las once de la mañana y duerme siesta de cinco a siete de la tarde); y finalmente, mover el esqueleto. No hay día que no salga de paseo, a pie, por la calle Lincoln, con un gorro de tela vieja como el de los exploradores y un bastón, que a veces es un palo y jamás un producto de la alta cultura.
En su casa no hay calefacción; si hace frío, se abriga. La calefacción y los aires acondicionados –concluyó viviendo en Nueva York, como profesor invitado–, son fuente de enfermedades. Por eso se viste de modo particular: a veces, debajo del chaleco esconde varias capas de camisas y remeras. Ya no soporta los restoranes caros. Eso de que unos estén sentados comiendo mientras otros, uniformados, los sirven como esclavos, le resulta intolerable. Prefiere los boliches populares, donde los que atienden y los atendidos son iguales. Nicanor, dicho sea de paso, tiene una cierta aversión a los gordos. Todo lo que no le gusta de Chávez lo resume llamándole “El Gordo Chávez”. Alguna vez se entusiasmó con la candidatura política de Fernando Flores, un ex ministro de Salvador Allende y actual aliado de la derecha, pero al poco tiempo cayó en la cuenta de que no podía ser muy bueno, porque era gordo.
Patricio Fernández sobre el poeta chileno Nicanor Parra,
fallecido a fines de 2011.
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