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Entrevista
Angel ‘Tito’ Villanueva PDF Imprimir E-mail


En nombre de la hermana

Finalmente, en febrero comenzará el juicio por los asesinatos de Ana María Villanueva, Carlos Oliva y Jorge Diez, ocurridos durante la última dictadura.
Tito, hermano de Ana María, es el único querellante. Y el que mantuvo firme la idea de llegar a este momento desde que tenía 16.

Por J.C.T.V.

“Cuando veo el juicio que se aproxima, sé que en lo personal tiene muy poco de reparación. Porque ante el asesinato atroz de mi hermana y mi cuñado, a mí, lo que no tengo a mi mamá y a mi papá vivos, me repara muy poco. Pero, como sociedad, me repara un montón”.

Ángel ‘Tito’ Villanueva es el hermano que tenía 16 años el día que la policía de Córdoba llegó a su casa para avisar que su hermana Ana María había caído en un enfrentamiento. Es el mismo pibe de 16 años al que ese día, la policía, que invadió su casa y le robó el reloj de oro que había sido de su abuelo. Es el mismo joven que a los 16 años estuvo 5 horas al lado del ataúd de su hermana mirándole la cara, cada cicatriz, cada huella del terror, cada marca en la piel joven.
Tito es el mismo púber de 16 años que, en esas horas, las peores para un hermano ya sin hermana, la hermana compañera, la hermana consejera, la hermana que todo lo podía, Tito juró, sobre el cuerpo baleado de su hermana, apenas su rostro visible, juró Villanueva, Tito, un niño de 16, justicia.


En la mañana del 2 de junio de 1976, en el cruce de las avenidas Caraffa y Octavio Pinto, en el corazón de Villa Cabrera, se encuentran Ana María Villanueva, Carlos Delfín Oliva, Jorge Diez y un joven de apellido Hunzinker, conocido como ‘el conejo’. Mientras charlan, alguien los ojea al pasar, de refilón, a los 4. Y Jorge lo reconoce. Recuerda esa cara, vio ese rostro alguna vez.
Peor que ser policía, por entonces, era ser delator de la policía.
Ése era quien los espiaba de refilón.
“Ellos lo reconocen y se van al auto, “el conejo” se cruza la calle y se queda en la parada del colectivo. Los 3 llegan al auto, pero los encierra el temible Comando Radioeléctrico. La violencia ahí fue grande”, dice Tito, que desde entonces viene reconstruyendo cada paso que hizo su hermana y sus dos compañeros hasta el mismo momento que los acribillaron.
Horas después, una redada de policías llega a la casa de los Villanueva. Se suben a los techos, entran a la casa con total impunidad. “Estábamos con mamá –recuerda Tito-. Nos llevan a una pieza, roban cosas de la mía, un reloj de oro que había sido de mi abuelo. Y un policía le dice a una de mis hermanas que habían matado a Ana en un enfrentamiento. Y lo que no es menor es que este hombre, este asesino, este ladrón, deja una tarjeta de una empresa de sepelio, para brindarnos el servicio. Era de la empresa San Cayetano, está denunciado en la fiscalía. Es la misma empresa que le ofrecen a la mamá de otro chico que asesinan en la dictadura. El negocio era redondo: te torturo, te mato, te robo y encima te ofrezco el servicio de sepelio”.
Villanueva sabe, después de tantos años de averiguaciones, que Ana, Carlos y Jorge intentaron huir, que los golpearon, que los redujeron de la forma más brutal. Todo ahí: en Villa Cabrera. Caraffa y Octavio Pinto. “Y los llevan a un descampado en el Chateau Carreras, en ese trayecto deben haber sufrido, pero también deben haber puteado bastante, mi hermana era de putear mucho cuando se enojaba”. Ya en cercanías del Chateau, y esto lo develará el juicio próximo a comenzar, asesinaron a los tres jóvenes “de manera alevosa, premeditada, brutal”.
“Mi papá –sigue Tito- después me contó que en la morgue le vio un brazo desprendido del cuerpo. Y lo otro llamativo, terroríficamente llamativo, es que cuando mi papá trae el cajón con los restos de Ana al día siguiente, estaba sellado pero tenía un vidriecito donde la podía ver a ella. Y le faltaba un diente y una herida en la cara que era totalmente visible. Estuve más de 5 horas pegado al cajón viendo la cara, viendo la cara, viendo la cara… diciéndome que me tenía que acordar”.

Tito se acordó. Y aún se acuerda de las palabras que se juró en la peor tarde de su vida. “Me dije: esto no va a ser eterno. Me dije: me voy a acordar de todo para algún día llevárselo a alguien para que imparta justicia, eso a mis 16 años. Y creo que logré bastante. Me recordé muchas de la cosas que prometí acordarme”.

ANA MARÍA
Oriundos de Río Cuarto, Ana María era la segunda de las 5 hijas y Tito el único varón de los 6 retoños Villanueva. Ella ya era una mujer de 20 cuando vinieron a la ciudad. Antes había estado becada en Estados Unidos y en el Sur había abrazado el campo y a los niños con su apoyo escolar. Ya en Córdoba, comenzó a estudiar abogacía y en el ‘73, Ciencias de la información, mientras trabajaba en el hotel Nogaró, que era propiedad de los padres de Jorge, su compañero asesinado junto a ella. Y con su compañero también comenzó la militancia en la JUP: la Juventud Universitaria Peronista. “Le gustaba mucho la figura de Evita”, dice hoy Tito.
Y dice más, hoy, Tito: “Era muy divertida, muy sistemática, muy comprometida. Tenía mucha paciencia, una paciencia infinita. Capaz de hablar mil veces con vos para explicarte sus argumentos, las veces que hicieran falta”, ensaya Tito. “Muy firme en sus convicciones y con una tremenda paciencia. Conmigo habló muchas veces. Que veía muchas injusticas en este mundo, yo tenía 15 años. Que había gente que vivía en condiciones indignas, que ella estaba dispuesta a cambiar esto. En ella estaba el poder de la palabra, de la convicción” recuerda su hermano, y no duda: “A mí me convenció”.
Ana María estaba en pareja con Jorge, que además de militante integraba el grupo de teatro La Chispa, con el que hacían presentaciones en villa miserias y fábrica. “El padre de Jorge tenía mucho dinero, era el dueño del Nogaró, del Crillón, tenía acciones en una cementera. Pero Jorge eligió la otra vida, nunca hizo mención al dinero de su padre. Hay que tener mucha entereza para optar por los pobres”.
Para Tito, Ana, su hermana, podía con todo. “Ana estudió danzas, árabe, inglés, alemán, abogacía, periodismo. Siempre pudo. Ana enseñó. Para mi Ana siempre podía”.
Quienes no pudieron, después, y por algún tiempo, fueron ellos.

¿BUSCAS JUSTICIA?
Tras el asesinato, a los Villanueva los siguió, como la sombra al cuerpo, la imposibilidad de la verdad. Y la persecución. “Nos pintaron la casa tres veces con pintura a la cal. Y una de las veces fue una pintada que decía: ‘Dejate de joder que te quedan 5 hijos’. Papá ahí dejó de investigar”.
Tito recuerda a sus padres como “muy sensibles” a las cuestiones sociales, por lo que entendían plenamente la opción de Ana. “No veían como algo sobrenatural que se inclinara por este tipo de causas, pero sí tenían preocupación, la situación se iba poniendo cada vez más fea, pero ellos aceptaban, era una decisión adulta de Ana”.
Después, Ana asesinada y los culpables gobernando el país, la vida de los Villanueva fue, qué sino, un calvario. “Yo veía que mis padres estaban destruidos y había que sostenerlos a ellos. Siendo uno tan chico, se hacía muy difícil. Sufrir por Ana, saberla muerta, y encima disimularlo para sostener a mis padres”. Tito tiene algo clavado en la sien: “El rostro de mi mamá, la mirada de mi mamá es indescriptible, cómo cambió después de ese 2 de junio. Todo eso fue muy difícil. Sobre todo, porque ante mi mamá no tenía argumentos para ayudarla”.
Con la llegada de la democracia, Villanueva padre retomó la búsqueda de justicia. “Pero concluimos que el obstáculo era mamá, que estaba con vida y no iba a soportar la investigación y todo lo que íbamos a tener que hacer para demostrar que la habían asesinado”. A mediados de los 90’, con la madre de Tito fallecida, el padre retoma la investigación. “Tenía todo en contra en esa época, pero pudo ver más allá”, dice Tito, y recuerda que el viejo, abatido, le dijo, en esta mesa, en esta casa, “acordate, algún día, esto va a servir para hacer justicia por mi hija”.

CUÁNDO
_ A los 16 te propusiste llegar a este momento. ¿Cuándo te das cuenta que el objetivo toma cuerpo?
_ Hay dos momentos. Uno es 2007, el discurso de Kirchner en La Perla. Habían sido anuladas las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, pero en 2007, Kirchner, que fue el primer presidente que fui a ver en mi vida, dijo que los jueces tenían que trabajar más, que estaban trabando los casos. Ahí me dije: ahora se van a hacer los juicios. Acá es en serio la cosa. Fue el primer momento. Y después cuando en 2009 voy y declaro en la Justicia. Y me doy cuenta que aquellas cosas que juré no olvidarme, no me las olvidé.
Hoy Villanueva duplica la edad de Ana María en el momento en que la asesinaron. Pero hoy, Tito, aquel pibe de 16 años que, parado durante 5 horas al lado del cajón de su hermana, juró justicia, dice que ni una vez la pudo ver, imaginar, siquiera en fotos, con la edad eterna en la que la mataron. “Siempre la veo más grande que yo”, dice Tito.
A veces, sólo a veces, no es cuestión de años.

 
 

 

 

LA CAUSA QUE NO EMPIEZA

En manos del Tribunal Oral Federal N. 2, la Causa Roselli, cuyo proceso debió haber comenzado el año pasado, fue pospuesto en dos oportunidades. En caso que no haya inconvenientes, el juicio en el que se juzgará a Nolasco Bustos, Jorge Vicente Worona y José Filiberto Olivieri, ex integrantes del Comando Radioeléctrico de la ex Unidad Regional, por los asesinatos de Ana María, Carlos y Jorge, comenzará durante febrero.
En este nuevo juicio, la novedad que se desprende es que por primera vez se sentarán en el banquillo, integrantes de lo que fuera el Comando Radioeléctrico. Y si bien también está imputado Luciano Benjamín Menéndez, el Tribunal resolvió separarlo para poder acelerar su elevación a juicio.

 

 
 

TITO NO ESTÁ SOLO

“Que esta juventud que uno ve en la calle, en las facultades, levante sus banderas, sus rostros, vaya a los actos, me parece lo más maravilloso que he visto”, dice Tito, que a fines del año pasado estuvo acompañado por integrantes de la agrupación HIJOS y viejos compañeros en la instalación de la Baldosa por la Memoria en la esquina de Caraffa y Octavio Pinto. “Nunca pensé que fuera a enfrentar este juicio de esta manera social, que se iba a convertir en esto, que es lo que deseé siempre, y eso me da más fuerza para enfrentar ese proceso judicial, donde me pongo cara a cara con el tormento de mi hermana. Me voy a ir un poquito más contento a mi casa después que condenen a esos tres genocidas”.

 

 
 

 

HACIA LA MEMORIA

Tito menciona más de una vez la corrida, la huída hacia el auto de los tres jóvenes, escapando de las manos asesinas de la policía. Pero dice que hoy, “con las muestras de la sociedad, de los estudiantes, los amigos y los compañeros; el apoyo de la UNC y de la Rectora Scotto, de la señora presidenta y el ex presidente Kirchner, del presidente de la Corte Suprema, que ha dicho que no tienen vuelta atrás estos juicios, uno ve, uno comprende, que ellos corrieron. Y llegaron a la memoria”.

 

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