De las nubes al santo cobre
Texto y fotos: Nayla Azzinnari
Un ferrocarril de visitantes.
Una porción de pueblo que sube al cerro a esperarlo cada semana. Apenas unos minutos para establecer intercambio. Y luego, cada cual vuelve a su lugar.
Los de arriba y los de abajo del tren. En San Antonio de los Cobres.
Tenía que votar al día siguiente el muchachito que hizo dedo sobre el camino de tierra de la ex ruta 40 salteña. Por eso volvía a San Antonio, mochila en mano y coca en boca, después de una temporada de trabajo cosechando sal. Dijo que vivía en frente de la estación y al bajar se abrazó con quien era su padrastro, según había señalado segundos antes para indicar que allí, donde estaba ese hombre, debíamos detener el vehículo.
El pueblo parecía dormir la siesta. El sol pegaba fuerte. Tan solo un grupo de niños jugaba en la calle. La sombra más grande la proporcionaba un cardón de metro y medio rodeado de piedras. El resto era vegetación achaparrada de un verde casi desteñido. El día estaba seco y el aire fresco como puede estar a una altura de 3.700 metros.
El límite con Chile se encuentra a 130 kilómetros de ese lugar, donde poco más de 6.000 personas habitan casas bajas. Mientras que 164 kilómetros en sentido contrario por la misma ruta nacional 51 lo separan de Salta, la capital provincial.
Pero allí mismo, en San Antonio, después de dar algunas vueltas y antes de tomar la siguiente dirección, apareció un lugar donde podíamos conseguir agua caliente para renovar el mate y con suerte, hasta lavarnos la cara. Parecía cerrado, pero lo estaba solo a los fines de que no escapara el frío acondicionado de su interior.
De camisa blanca y moño, un lugareño atendía al otro lado de la máquina de café. Nos refrescamos mientras esperábamos el encargo para notar recién entonces cómo nos había ardido la piel una mañana en las salinas.
Al escuchar que veníamos de allí, dos parejas de turistas que no votarían al otro día por situarse a más de 1.500 kilómetros de la ciudad federal, quisieron saber si “valía la pena” pasar por aquel lugar. Era una pregunta que, planteada en esos términos, no podía contestarse. La respuesta, contundente, la pronunció sin levantar la mirada el orgulloso empleado norteño: “No se pueden ir sin conocer las Salinas Grandes y la Cuesta de Lipán”. “¿Ah sí?”, repreguntó el otro, todavía desconfiado.
“¿No abren el mercado hoy?”. Nos referíamos a una feria que nos había mencionado el salinero en el auto y que agrupaba a los puesteros en un gran salón a pocas cuadras de allí. “Sí, tiene que estar abierto, ¿qué hora es?”. “Tres y media”. Entonces exclamó un “aaahhh” con tono de revelación: “Es que hoy es sábado, está llegando el tren”.
Aún no entendía la relación entre mercado cerrado y tren cuando explicó que era la estación el lugar donde se encontraba a los feriantes los días sábados a esa hora. Sobre el abandonado tendido que el Estado nacional comenzó a construir en los años ‘20 para comunicar pasajeros y cargas con el resto del país y el país vecino, transita ahora “El tren a las nubes”. Así se conoce al servicio ferroviario turístico que tiene a San Antonio de los Cobres como única parada en el paseo semanal de 15 horas desde y hacia la ciudad de Salta.
A una velocidad máxima de 35 kilómetros por hora, alcanza los 4.200 metros sobre el nivel del mar atravesando puentes, túneles y nubes. La llegada del reinventado tren dotó a San Antonio de un perfil turístico que se agrega a la minería del cobre, actividad local principal que explica que el metal dé nombre al lugar.
El camino a la estación era en subida. Habíamos estado allí poco antes, cuando dejamos al muchacho. Pero la escena había cambiado. Cientos de metros antes de llegar se veían ya los colores amarillos y naranjas del tren contrastando contra el fondo amarronado de los cerros.
La estación misma delimitaba un arriba, donde se encontraban las vías, y un abajo, donde los feriantes ya desmontaban sus puestos instantáneos. La formación partiría de regreso en instantes más y los portadores de los pasajes de 700 pesos, muchos de ellos extranjeros, estaban en su mayoría a bordo del tren nuevamente.
Un primer episodio curioso tuvo lugar al acercarnos. Muchos puesteros detuvieron la tarea de embalaje para dejar ver e intentar vender aquello que tenían: tejidos de lana de llama, tortillas calentitas, piedras locales y hasta el canto de una copla. Resultaba lógico. Después de todo, éramos también visitantes. Tal vez los últimos turistas de la semana en la estación. Identificados como tales, recibimos acosadoras ofertas con insistentes rebajas.
Pero lo más sugerente ocurrió cuando arrimándonos todavía más a la estación, casi al pie de la escalera que conducía al andén, una señorita con uniforme de personal ferroviario me preguntó si hablaba español. Confundida contesté que sí, pensando que muy probablemente lo hablaban todas las personas que estaban allí abajo, donde yo estaba, aun cuando tuvieran la fortuna de preservar sus lenguas originarias.
La señorita del tren me dijo entonces: “Apúrese a subir, que ya nos estamos yendo”. La suposición no hubiera sido relevante si no fuera porque volvió a suceder con distinto personal de a bordo. Una segunda vez. Y una tercera. La última, con un joven cobrense empleado por la empresa privada que explota el servicio ferroviario.
Él, al igual que nosotros y sus conterráneos, miró desde abajo la partida del tren. San Antonio era su lugar de votación al día siguiente y por ello había obtenido permiso para quedarse en casa.
Cargando bolsas y cajas, arrastrando changos, hombreando mesas plegables y tablas de planchar que oficiaron de mostrador, una fila de puesteros emprendió camino cerro abajo, como cada sábado, cuando los tonos cobrizos de la puna y los blancos de las nubes se encuentran en la estación del tren de las alturas.
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