Sostener el mundo con las manos
Por Javier Quintá
Sigismundo Portamundos no es un artista convencional. Mezcla de mimo y payaso, es acróbata y se formó en distintos talleres de teatro del país. Pero si tiene que decidirse por una actividad, elige el circo. Su escenario: la calle. Y su nombre: Cristián “Rulo” Gutiérrez
Ya se ha vuelto un paisaje habitual, en alguna plaza o parque, encontrarse con una tela que cuelga de algún árbol, chicos haciendo acrobacias o practicando alguna que otra destreza. La ciudad pareciera estar respirando circo. Y del circo tradicional poco queda. Mucho, sí, de otros artistas, los callejeros.
“El circo más tradicional está desapareciendo, eran circos medio zoológicos. Con artistas con técnica no se entiende la necesidad de insistir con animales encarcelados” explica Cristián “Rulo” Gutierrez, alias Sigismundo Portamundos, su última creación.
DEL CIRCO CRIOLLO AL CALLEJERO
Cristián Gutiérrez, o simplemente “Rulo”, como se lo conoce mejor, tiene, a pesar de su corta edad, una larga trayectoria. A los 17 años emprendió un viaje del que nunca regresó igual. Con un poco de acrobacia y malabares que aprendió con maestros particulares, se largó al mundo: “Desde ahí no paré de salir de gira, Ecuador, Chile o Europa, de lugar en lugar y donde caigo y puedo tomar un taller lo hago. Por suerte, vivo de esto desde hace 15 años”.
Actualmente reside en Córdoba. Su última creación es una síntesis de su vida: Sigimundo Portamundos, donde el clown le saca chispas a una técnica que aprendió del circo: el palo chino. Una gran antena, imposible de montar sin la ayuda de los mismos participantes, en la que a varios metros de altura consigue hacer la vertical, para, según él, “sostener el mundo con las manos”. La obra es una invitación al juego.
“Un poco al hablar del juego, del amor, de la imaginación, el vuelo, los estoy nombrando a los niños, ellos son los que tienen esas capacidades que muy pocos grandes tienen. En la función siempre digo lo mismo: los estoy invitando a jugar muchachos, vamos. Nadie nos va a decir nada. Y creo que los chicos perciben eso y por eso se enganchan; aunque no estoy pensando exclusivamente en los niños, estoy pensando en que se genere una buena comunicación entre el público. Me entrego a esa libertad de no existir, de olvidarme de todo”.
_ ¿Y el público te sostiene literalmente?
_ Sí. Yo ahí les planteo un compromiso bastante grande, al principio no era muy consciente. Muchachos, me tienen que sostener. Había que estar muy atento: solidaridad, cuidado y protección, de eso se trata el circo, para mí ya era un lenguaje común, y pensaba que para el público de alguna manera también. Las primeras veces terminaba el show y venía mucha gente, ingenieros que me decían: ‘flaco, son cuatro puntos móviles, hay muchas probabilidades de que te caigas, no es seguro y encima vos te parás de manos’. Y yo les decía: sí, puede ser, pero ¿lo disfrutaste o no lo disfrutaste?
PAYASOS Y POETAS
Entre chistes y malabares, el Sigismundo payaso le irá abriendo paso al poeta. Y a las divertidas caídas o a la picardía se le sumará la palabra. “Y sí, con la técnica solamente no se puede decir mucho. A veces siento que no me alcanza el gesto de la mano para expresar todo lo que tengo para decir. A veces me critican, me dicen hablá menos. Y bueno, es lo que me sale, lo necesito”.
-¿De dónde viene esa poesía? Digo, porque les hablás a los niños de la libertad, el amor, la imaginación, les hablás del viento y sus verdades, de sostener el mundo con las manos.
-Eso nace de la necesidad de estar haciendo algo entretenido y preguntarme cómo no le voy a dejar algo a la gente, cómo no le voy a dejar un mensaje. A la obra cuando la presento en salas la llamo “La magia de conectarnos”, y comienzo jugando con unos celulares, yo tengo un celular, le doy otro al público, nos mandamos mensajes, los mensajes rebotan, nunca llegan, se terminan perdiendo. Hay incomunicación. Hago subir a un niño al escenario y le doy una canastita para que atrape las pelotas y empiezo a jugar la conexión con la mirada a los ojos. De la incomunicación comencé a sentir la necesidad de poder expresarme más. Pensaba de qué manera. En teatro siempre te dicen que digas las cosas como las sentís, si vos no te lo crees la gente no se lo cree. Y me pasó muchas veces bajar llorando de arriba del palo.
_ ¿Qué busca ahí arriba Sigismundo?
_ La verdad. Yo termino recitando una poesía que dice más o menos lo siguiente: El viento sopla en las calles, dice que no hay temor, el viento sopla en las calles, dice que no hay tristeza, que no hay vergüenza; por que hay nuevas personas llegando a este mundo, personas que se comunican de otra manera, se comunican mirándose a los ojos y diciéndose la verdad, la verdad del corazón, la de la palabra sincera, esa que tanto hace falta; el viento entra por nuestras casas y dice que es hermoso cuando la verdad canta, porque cuando la verdad canta, la mentira empieza a desaparecer, se va corriendo.
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